Spray & pray

Pesquero y gaviotas, SanxenxoSpray & pray, literalmente  “rociar y rezar”. Un término habitual en la web de Zack Arias y que designa humorísticamente la práctica de sustituir el disparo reflexivo y medido por un-auténtico-sin-fin de obturaciones en ráfaga con la esperanza de que, por simple estadística, “algo salga”. No soy fan de este método que genera larguísimas sesiones de edición a posteriori buscando no ya la perla, sino lo que no sea directamente barro (o peor) y estanca el crecimiento como fotógrafo en la muleta del automatismo. Pero muy, muy de vez en cuando, Spray & pray es la técnica correcta.

Me había acercado a Sanxenxo para fotografiar esto. Terminada la toma, y ya de noche, caminaba de vuelta hacia el coche por el paseo de la playa. Un extraño ruido, entre mecánico y animal, llamó mi atención y creí distinguir un pequeño pesquero faenando a pocos metros de la orilla, rodeado de un auténtico tumulto de gaviotas. A duras penas se adivinaba en la negrura, pero allí estaba, o más bien allí parecía estar.

Reconozco que a veces, cansado tras una largo día y con la mente en otra cosa, me he dejado llevar por la desidia y la cámara se ha quedado en la bolsa. Pero esta vez, espoleado por el éxito de hacía pocos minutos, no dudé en volver a montar el chiringuito, en este caso trípode, 70-200 2.8, D800 y cable disparador. Encuadre un poco a ojo, no se ve nada, ya lo puliremos poco a poco. Caña al ISO. ¿Cuánto? Siendo de la vieja escuela, soy conservador. ¿3200? ¿6400? Para lo que necesitaba, no me atreví a subir más. Medio segundo a plena apertura me hundió en la miseria, el barco se desplazaba continuamente además del normal balanceo. Un disparo de prueba. Borrosa, claro. ¡Pero qué potencial! Unas cuantas más…

Contra todo pronóstico, vi que había una posibilidad: un disparo afortunado, más nítido que el resto, podía darme calidad suficiente tal vez no para un gran póster, pero sí para unos 50 cm de ampliación. Sin embargo, habría que disparar mucho buscando ese disparo afortunado.

Spray & pray.

Clac-clac. (La D800 no hace click, hace clac. Tema para otro día). Clac-clac-clac. Clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac-clac. Primero tímidamente, después ya sin ambages pedal a fondo. Veinte, treinta, cincuenta disparos, y contando. Un auténtico espectáculo, probablemente, ver al tipo del trípode rezando lo que sabe y disparando en ráfaga a la negrura de la noche (recordemos que el barco apenas se distinguía a simple vista). ¿Se estaría dando cuenta de que no le disparaba el flash? porque así, sin…

Una pareja se detuvo a un par de metros, estudiándome como si estuviese loco. No sabían bien qué fotografiaba, y no pude evitar, en una pausa, pulsar el botón de previsualización que inmediatamente hizo aparecer una fotografía espectacular en la pantalla. Me sentía Sebastiao Salgado y Capa y McNally y Eugene Smith todo en uno en ese momento, del subidón. ¡Fotón!

La chica miró la imagen apenas medio segundo, comenzó a caminar de nuevo ya sin interés, y le susurró a su pareja:

“Así cualquiera. Disparando tantas…”

En ese momento me ruboricé como una adolescente pillada fumando. ¡Pero no! ¡Hay un método! ¡verás, yo sé que el movimiento del barco arruinará nueve de cada diez disparos, y en este caso, “mucho es mejor”! ¡Spray & pray justificado!

Por supuesto, nada de esto salió de mis labios. Terminé disparando más de cien fotos, a 40Mb el disparo, de las cuales unas diez o doce son aceptablemente nítidas, y cuatro llevan con honor la banderita de “selección” en Lightroom.

Valió la pena.